La trampa de la razón por Arnaldo García Pérez

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Las hormigas estaban preocupadas. Algo muy grande había invadido su territorio. Se reunieron una noche y decidieron ir a explorarlo. Se dividirían por grupos, pasarían todo el día investigando sobre el terreno y volverían a reunirse. Y así fue. Llegada la noche, las portavoces se levantaron. Las primeras lo tenían muy claro: Era algo con una gran explanada. Las segundas estaban en desacuerdo: Era un árbol grande, y se sentían agotadas de tanto subir y bajar por el tronco. La portavoz del tercer grupo, ya molesta, les dijo que estaban equivocadas, ya que era una liana muy gruesa que se mecía de un lado a otro; se lo habían pasado muy bien, aunque aún seguían algo mareadas. Y las del cuarto grupo se levantaron muy enfadadas: ¡Era como una gruta oscura y profunda y habían sentido mucho miedo durante todo el día! Todas las hormigas estaban convencidas de que tenían la razón. ¡Estaban absolutamente convencidas! ¡Habían pasado todo el día explorando el lugar! ¡Y lo habían experimentado en su propio cuerpo! Así que muy enfadadas, se fueron a dormir. ¿Quién tiene la razón? ¿Qué ha pasado? Todas han estado sobre un elefante, pero en partes distintas: En el lomo, en la pata, en la trompa, en la oreja. Cada grupo percibe y experimenta una parte de la realidad. Todas tienen una parte de razón y entre todas pueden reconstruir la realidad verdadera. (Adaptado de una leyenda Hindú).

Tener la razón es una sensación indescriptible. Alimenta nuestro ego y nos permite establecer una relación de cierta superioridad con aquellos que adolecen de nuestras “sabidurías”. Pero tener la razón, realmente, nos obliga a conocer la verdad absoluta de lo que se plantea, con la seguridad de su conocimiento profundo. No tiene que ver sólo con las habilidades comunicacionales para convencer a otros de nuestros argumentos, sino que deriva de un basamento profundo en los elementos de esa verdad. Mayor reto conlleva “tener la razón”.

La razón pura como la verdad pura no son absolutas, o por lo menos es discutible. Cada uno de nosotros, con sus repertorios de vida, forma sus estructuras que filtran esas verdades y las transforman para nosotros. Pero no para otros. Mi razón no tiene que ser necesariamente la tuya y por tanto mi verdad cambia, aunque sea en pequeños elementos de esa realidad. Esta apertura a reconocer que pueden existir otras visiones y formas de ver las realidades debería permitirnos la comprensión y la empatía necesaria con el otro.

Pero el problema se presenta cuando queremos ser los “dueños de la verdad verdadera”, y nos enfrascamos en discusiones para impresionar a los demás y demostrar nuestros profundos conocimientos o, en algunos casos, el manejo de informaciones venidas de “fuentes de alta confiabilidad”.  Allí, por arte de nuestra necesidad de imponer nuestra verdad, nos convertimos en opinadores profesionales, que intentan prolongar las discusiones hasta límites insospechados para demostrar a los otros que somos dueños de la razón, y en muchas oportunidades, y sin darnos cuenta, provocando con estas disputas el rechazo y la descalificación de los otros hacia nosotros.

Bástese ver los grupos de intercambio en las redes, sobretodo en los temas políticos y sociales. Tener la razón se convierte en una motivación poderosa que alimenta nuestro ego y sin percibirlo, nos aleja de la verdad y con ella de los demás. Estamos entrampados. Con esas actitudes respondemos a estrategias que nos llevan a donde nos quieren tener. Ciegos, sordos, tercos y empecinados en que la nuestra es la verdad incuestionable.

Debemos abrir nuestra mente y entender las posiciones de otros. Busquemos puntos en común en nuestras verdades y tendamos puentes de entendimiento. De esa manera podremos avanzar.

Solo depende de nosotros, de nuestra empatía y humildad.

Se los digo con toda la razón.

Saludos

Arnaldo García Pérez

@arnaldogarciap

www.arnaldogarciap.blogspot.com

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