De la peste negra al coronavirus: Por Marta Rodriguez Martinez

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En el brote final de la peste negra, los médicos llevaban unas mascarillas que se alejaban mucho del imaginario actual. Con largos picos y lentes parecían cuervos. La alargada extremidad les permitía esconder dentro plantas aromáticas y mantener la distancia con el aliento de los enfermos.

Era mediados del siglo XVII y una de las pandemias más devastadoras de la historia de la humanidad hacía estragos en Europa. Y esta era una de las medidas adoptadas para evitar el contagio.

Cuatro siglos adelante, el continente se vuelve a encontrar en proceso de desenmascarse.

En España, el sábado se cumple una semana sin la obligatoriedad de portar las mascarillas en los espacios al aire libre. En Italia, esta medida se levantó el pasado lunes. Y en Francia, este acto de vuelta a la normalidad lleva vigente desde el pasado 17 de junio.

 

Aunque se estén perdiendo de vista, el uso obligatorio de las mascarilla ha demostrado la facilidad con la que se adapta la humanidad. Pasaron de convertirse en un elemento poco habitual en las calles europeas, a un elemento omnipresente. Los datos así lo demuestran: según la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas de España (CIS), el 99,4% de los españoles la llevaba habitualmente.

 

Desde la peste negra hasta el coronavirus

Las peculiares máscaras utilizadas durante la peste negra forman hoy parte del folclore del carnaval de Venecia, aunque nos permiten constatar que su uso no se ha extendido tan solo en la última pandemia, sino que han sido medida preventiva del contagio de epidemias desde el Medievo en Europa.

 

“Aunque el uso generalizado del tapaboca nos parece una medida preventiva sin precedentes, fue indicado muchas veces en la historia cuando la situación sanitaria lo requería”, explican a Euronews las historiadoras María y Laura Lara. “Las mascarillas, a menudo despreciadas y burladas, han evolucionado mucho con el paso del tiempo”.

 

 

 

Autoras de Los caballos amarillos: enfermedades que nadie vio venir, las historiadoras han buceado en los últimos siglos para hacer una retrospectiva del uso de la mascarilla y han averiguado que se remonta al menos al siglo VI a.C. Prueba de ello se refleja en las puertas de las tumbas persas, donde se encontraron imágenes de personas con telas sobre la boca.

 

“Según Marco Polo, los sirvientes de la China del siglo XIII se cubrían la cara con bufandas tejidas”, añade Laura Lara. “La idea era que el emperador no quería que su aliento afectara el olor y sabor de su comida”.

 

La letal peste negra, que mató al menos a 25 millones de personas entre 1347 y 1351, asentó el rol de la mascarilla como instrumento médico. “El símbolo de la plaga, esa siniestra imagen de individuo con máscara de pájaro que parecía la Sombra de la Muerte surgió en los últimos estertores del brote final, a mediados del siglo XVII”, indican las hermanas Lara.

 

Las historiadoras describen esta máscara como “sin duda la más extraña que la medicina haya inventado”.

 

“En forma de pico de pájaro, venía acompañada por gafas, un largo vestido de tela encerada, pantalones y guantes de cuero y un palo para tocar o alejar a los enfermos”.

 

Paul Fürst, grabado, c. 1721, de un médico de la peste de Marsella (presentado como “Dr. Beaky de Roma”). Su maletín de nariz está lleno de hierbas para alejar la peste.Wikimedia Commons

El motivo de su particular estética: “algunos creían que la enfermedad se propagaba a través del aire envenenado o ‘miasma’, creando un desequilibrio en los fluidos corporales de una persona”, señala Laura Lara. “Intentaban evitar que el aire fétido les llegara cubriéndose la cara o llevando ramilletes de olor dulce”.

 

El pico servía de espacio para colocar perfumes, especias y hierbas para contrarrestar el denominado “miasma”.

 

En el siglo XIX, se abandona la teoría de los miasmas, pero se refuerza la necesidad del uso de las mascarillas, con el descubrimiento del francés Louis Pasteur de la existencia de agentes infecciosos microscópicos.

 

“Ante este cambio de paradigma, un médico alemán, Carl Flügge, demostró que estos nuevos microbios podían ser transmitidos de individuo a individuo incluso a distancia, a través de gotas posiblemente invisibles”, explica la historiadora María Lara. “Como consecuencia, le pidió al profesor de cirugía Jan-Antoni Mikulicz Radecki diseñar una mascarilla para que los cirujanos eviten contaminar a sus pacientes”.

 

Este entonces inventó una “venda bucal”, señalan las historiadoras, que se parece mucho más a la mascarilla actual, puesto que se trata de una compresa de muselina, pero dejaba al aire libre la boca, ya que cubría tan solo la nariz y las fosas nasales.

 

‘Usar una máscara y salvar su vida’, el eslogan de la gripe española

La consolidación del uso de la mascarilla llegó en el siglo XX, con la gripe de 1918, o comúnmente conocida como gripe española, porque España, neutral en la Primera Guerra Mundial, fue el primer país en informar sobre el brote.

 

La pandemia dejó al menos 50 millones de muertos en todo el mundo y se cree que los desplazamientos y el hacinamiento a causa del fin de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) aceleraron el contagio.

 

“Las tropas apiñadas en vagones de tren y camiones se aseguraron de que la infección, altamente contagiosa, pasara de un hombre a otro”, señalan las hermanas Lara. “Luego se extendió desde las estaciones de tren hasta el centro de las ciudades, y de allí a los suburbios y al campo”.

 

Las historiadoras explican que varias empresas, incluida la London General Omnibus Co, intentaron frenar la propagación de la infección “rociando una solución antigripal sobre trenes y autobuses y haciendo que sus empleados usaran tapabocas”.

 

Explican que las autoriades instaron a la gente común a ‘usar una máscara y salvar su vida'”, un eslogan que resuena con fuerza estos días, más de un siglo después. “Muchos se hicieron la suya con gasa o añadían gotas de desinfectante a artilugios que se ponían debajo de la nariz”, añaden.

 

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Pocos años después, la Segunda Guerra Mundial estableció los patrones de su fabricación quirúrgica. “Se distinguieron entonces de los dispositivos de protección respiratoria como las mascarillas FFP2/KN95”, señalan las historiadoras.

 

También en el siglo XX, las mascarillas empezaron a ganar terreno como elemento protector frente a la contaminación atmostérica que se hacía cada vez más presente en las grandes urbes, dos siglos después del inicio de la Revolución Industrial. “En la década de 1930, las mascarillas ‘anti-esmog’ se volvieron tan de rigor en la cara como los sombreros de fieltro en la cabeza”, señalan las hermanas Lara.

 

Las historiadoras señalan que el peor episodio de “esmog” del que se tiene constancia ocurrió en Londres en 1952: “entre el 5 y el 9 de diciembre al menos 4.000 personas murieron inmediatamente después, y se estima que otras 8.000 murieron en las siguientes semanas y meses”.

 

Pero su uso como protección ante la contaminación nunca se extendió tanto en Europa como en Asia.

 

“Japón lleva décadas -incluso siglos- usando la mascarilla como un elemento de su vida diaria”, señala Laura Lara. “Varios analistas señalan que el uso extendido de la mascarilla, que se ve en la sociedad japonesa desde hace décadas, es una de las razones detrás de la tasa baja de contagios y muertes por COVID-19”.

 

Mujeres con máscaras faciales caminan por la famosa zona comercial de Asakusa, en Tokio, el jueves 1 de julio de 2021.Wikimedia Commons

En Europa, hay una generación que recordará haber adquirido en 2021 el hábito de llevar mascarilla. Ahora habrá que ver qué marca deja este hábito en la larga historia de esta prenda.

 

Este artículo fue publicado – es.euronews.com

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