Con la guerra pierden todos por Juan Ramón Rallo

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La primera de las lecciones que deberíamos tener extraer de los últimos días es que en las guerras económicas perdemos todos, al menos en términos generales. Desde luego podrá haber algunos pocos individuos que salgan ganando del conflicto (por ejemplo la industria militar o la industria política), pero la mayor parte de la población en ambos lados pierde, se empobrece. Y esas pérdidas pueden ser muy grandes aun cuando nos estemos refiriendo únicamente a una guerra económica, sin necesidad de que fluyan balas y bombas entre ambos bandos. No en vano, los quebrantos económicos que están experimentando –y que van a seguir experimentando– tanto Rusia como la Unión Europea y EE.UU. van a ser muy cuantiosos. Primero, y desde el punto de vista ruso, el país está sufriendo una asfixia económica con escasos precedentes en la historia. Las sanciones impuestas por EE.UU. y la UE en su contra han supuesto hasta el momento la confiscación temporal de buena parte de los activos de su banco central, el establecimiento de barreras a las relaciones financieras (dificultando por tanto el cobro o el pago por la exportación o la importación de bienes) y una fortísima depreciación del rublo (que ha perdido cerca del 40% de su valor desde el inicio de las agresiones).

Todo ello ha motivado, además, el boicot de muchísimas empresas extranjeras que están simplemente huyendo de Rusia: Adidas, Apple, AirCap Holdings, AMD, Intel, Nvidia, BWM, Ford, General Motors, Volvo, FedEx, UPS, DHL, ExxonMobil, BP, Dell, Samsung, Maersk, Centrica, Disney, Warner Bros, Sony Pictures y un muy largo etcétera. La última en anunciarlo, de hecho, ha sido Inditex.

Tal desbandada empresarial no solo asfixia a la economía rusa en el muy corto plazo, sino que va a limitar su capacidad para crecer y desarrollarse en el largo plazo: por ejemplo, sin inversiones occidentales, será muy complicado que las petroleras rusas consigan mantener, no digamos ya incrementar, su producción de petróleo en el futuro.

Segundo, y desde el punto de vista occidental, la guerra económica ya nos está saliendo muy cara. Por un lado, el precio del barril de petróleo supera los 110 dólares: estos días, de hecho, hemos asistido al mayor encarecimiento semanal del crudo desde la crisis de 1973. Lo mismo cabe decir, por cierto, de precio del gas, que también está marcando máximos en Europa. Por otro, otra mercancía esencial cuyos precios también han estallado hasta su máximo histórico ha sido el trigo: Rusia y Ucrania producen conjuntamente el 25% del trigo mundial, de modo que la guerra podría conducir a interrupciones de su suministro regular.

El problema puede ser especialmente gravoso para los países más pobres del planeta: muchas regiones de África importan el 40% del trigo que consumen desde estos dos países, de modo que se les puede complicar enormemente el acceso a su principal fuente de alimentos (y si esos países sufren una crisis alimentaria, a buen seguro los flujos migratorios hacia Europa se agudizarán). En definitiva, las guerras no nos enriquecen, sino que nos empobrecen.

Precisamente, la estrategia de Europa y EE.UU. consiste en tratar de empobrecer a Rusia más de lo que Rusia nos empobrezca a nosotros, confiando en que de ese modo el ejército ruso se replegará.

Por desgracia, la política no siempre responde a la racionalidad económica o no, al menos, a la racionalidad económica entendida en términos estrechamente crematísticos.

Inflación récord

La inflación provisional de España para el mes febrero de 2022 se ubica en el 7,4%, la más alta desde el año 1989. En EE UU se halla igualmente en el 7,5%, la más elevada desde 1980. Dicho de otra manera, ya antes de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, nos hallábamos en una coyuntura donde los precios estaban muy recalentados. La guerra, por consiguiente, cebará todavía más esa inflación. Ahora bien, precisamente por eso, es harto probable que durante los próximos meses asistamos al intento torticero de reescribir la historia por parte de los intelectuales orgánicos. Echando la vista atrás, se nos dirá que el período inflacionista que estamos experimentando ahora mismo se debió esencialmente a la guerra de Ucrania. Pero no: recordemos que, ya antes de la guerra, la inflación estaba disparada.

Sobrecalentamiento económico

Uno de los síntomas más evidentes de que la inflación que estamos experimentando ahora mismo –antes de la guerra– se debe en gran medida a un sobrecalentamiento de la economía, provocado por una política monetaria y una política fiscal excesivamente laxas, es la enorme tensión que se está viviendo en el mercado laboral estadounidense. Ahora mismo, en EE.UU., existe un exceso de 4,7 millones de puestos de trabajo no cubiertos por encima del número de parados: es decir, que estamos hablando de unos 11 millones de ofertas laborales no cubiertas. Nunca antes en la historia ha habido tantas. Claramente, pues, el gasto agregado está creciendo muy por encima de la capacidad de la economía para atenderlo y de ahí que los precios se estén disparando.

Nuevas subidas de impuestos

El comité de expertos del Gobierno ha publicado esta semana sus conclusiones sobre su propuesta de reforma tributaria. No lo ha podido hacer en un peor momento. Y es que, entre sus recetas para avanzar hacia una fiscalidad más “justa” (entrecomillado imprescindible en este caso), destacan su propuesta de subir el impuesto sobre los hidrocarburos así como la supresión de los tipos reducido y superreducido del IVA. La valoración del conjunto de medidas planteadas merecería un análisis más amplio y pormenorizado (¿tiene sentido subir algunos impuestos a cambio de rebajar otros?), pero justamente ahora que el precio de los combustibles va a dispararse, simplemente no toca. Así, de hecho, lo ha afirmado el propio Gobierno, quien parece que de momento guardará en un cajón la mayoría de esas propuestas.

 

Información de El Cato

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